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Jugársela por un sueño 

Nikol Acosta

Con 13 años y el corazón lleno de sueños, Walter llegó a Bogotá sólo para encontrar frío, rechazo y racismo. Pero nunca dejó de correr detrás del balón… ni de su dignidad.

Nació el 7 de abril de 1991 y, con tan solo 13 años, dejó su tierra natal para apostarlo todo en Bogotá. Su talento como volante ofensivo y delantero lo llevó a jugar en equipos como Patriotas F.C., Santa Rosa F.C. y C.D. Real Juventud, además de vestir los colores de la Selección Bogotá y ser convocado por la Selección Colombia. Su historia va más allá del balón: hoy forma a nuevas generaciones, sembrando en ellas liderazgo, disciplina y, sobre todo, orgullo por la identidad afrocolombiana. Desde muy joven entendió que el fútbol no era solo una pasión, sino también una herramienta de transformación social. A través del deporte, encontró una forma de resistir y de construir futuro, incluso cuando las oportunidades parecían escasas. Hoy, convertido en formador de talentos, comparte su experiencia de vida con niños y adolescentes de sectores vulnerables, especialmente aquellos que, como él, han tenido que abrirse camino en un país que muchas veces les da la espalda.

En cada entrenamiento promueve el respeto por las raíces, la importancia del trabajo en equipo y la lucha contra cualquier forma de discriminación. “Antes de patear un balón, hay que tener claro quién eres y de dónde vienes”, repite con firmeza. Su labor no se queda en la cancha también impulsa procesos comunitarios que fortalecen la identidad afro, promueven la equidad y rompen estigmas que aún persisten y como líder demuestra que la verdadera victoria no siempre está en los goles marcados, sino en los sueños que se siembran en los demás.

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¿Cómo empezó tu trayectoria como futbolista y cómo ha sido también tu vida siendo una persona afro en Colombia?

 

—Nací en Quibdó, Chocó. Mi historia deportiva empieza muy temprano en mi tierra, donde tuve buenas experiencias con la Selección Chocó. Luego decidí buscar nuevos horizontes, agarré maletas y llegué a Bogotá. Acá fui acogido por algunos clubes que me dieron la oportunidad y comencé mi carrera, llegando a ser parte de la Selección Bogotá y la Selección Colombia.

 

Lamentablemente, a veces sentía que las puertas se cerraban por el tema de la “rosca”, como le dicen acá. Entonces me surgió la posibilidad de salir del país, hice una prueba y, gracias a Dios, al segundo día ya estaba firmando contrato profesional. Jugué en primera y segunda división en equipos como Santa Rosa FC, Real Juventud de Santa Bárbara, Yoro FC y Real Sociedad Honduras de Progreso, entre otros. Esto fue principalmente en Guatemala y Honduras.

 

¿Cómo fue ese sentimiento, ese momento de salir del Chocó tu tierra natal a buscar nuevas oportunidades?

 

—No fue fácil, para nada. Salir del Chocó, donde la gente es cálida, donde el vecino siempre tiene una mano amiga, y llegar a Bogotá, donde el clima y la gente son completamente diferentes, fue un choque fuerte. Acá no hay ese acogimiento. Me encontré con una cultura distante, donde ni siquiera saludar era común. Pero en medio de todo eso, lo que me sostuvo fue la motivación, la disciplina y el deseo de cumplir mis metas.

 

¿En qué momento entendiste que el fútbol era más que un deporte y te diste cuenta de que también era una forma de resistencia y expresión cultural?

 

—Desde el principio, la verdad. El campo refleja la vida: hay choques, discusiones, enfrentamientos... y uno tiene que resistir. En el fútbol uno vive eso constantemente, y aunque muchas veces no lo llamen racismo directamente, sí se siente. Termina el partido con un golpe no solo físico, sino emocional. Pero los sueños pesan más. Las metas son más grandes que cualquier ofensa.

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¿Hay alguna experiencia que te haya marcado especialmente?

 

—Sí. Recién llegué a Bogotá. Recuerdo que al día siguiente tenía entrenamiento en Casuca, a las cinco de la mañana. Imagínate el frío. Yo venía de un clima cálido. En la práctica, me costaba por la altura, y el entrenador, sin filtros, dijo: "A mí no me gusta trabajar con negros, son flojos. Su vida queda mejor en su tierra". Esas palabras me golpearon duro. Apenas llevaba unas horas en la ciudad y ya me sentía rechazado.

Después de eso, llegué a la casa hogar donde me alojaba. Los compañeros cocinaron y no me dieron comida. Me dijeron que, si quería, cocinara lo mío. Yo solo tenía $70.000, venía cargado de sueños. Con eso me alcanzó para comer por fuera unos días. Y pensaba: "¿Qué hago cuando esto se acabe?".

Más tarde supe que además debía pagar por estar en el club, algo que nunca me dijeron. Entonces contacté a unos conocidos de mi mamá, y gracias a Dios me acogieron. Ahí empezó realmente mi camino.

 

¿Cómo ves hoy el papel de la figura afro en el fútbol colombiano?

 

—Todo ha cambiado. Antes nos encasillaban, nos veían como flojos, como conflictivos. Hoy hemos demostrado que somos luchadores, que resistimos. Muchos pagamos ese derecho a piso, pero ahora nos respetan más. El racismo aún existe, pero lo enfrentamos con dignidad. Incluso, cuando nos dicen “negro”, ya no nos lo tomamos como insulto; a veces es un saludo. Porque sabemos quiénes somos.

¿Cómo se convierte esa energía y sabor de tus raíces en la cancha? 

 

—Mucho. Nosotros celebramos con baile, con música, con alegría. Es algo que llevamos en la sangre. Incluso cuando hay derrotas, nos refugiamos en la alegría para salir adelante. Siempre buscamos armonía en el grupo, contagiar buena vibra. Eso lo heredamos de casa, de nuestras raíces. Nos enseñaron a no dejar morir la alegría, pase lo que pase.

¿Qué le dirías hoy a ese Walter de 13 años que se subió a un bus con una maleta llena de sueños?

 

—Le diría que no tenga miedo. Que todo ese dolor que va a vivir lo va a transformar en fuerza. Que no deje de sonreír, aunque no le den comida, aunque lo humillen. Porque esa sonrisa lo va a sostener. Y que nunca olvide de dónde viene. Que, aunque esté lejos del río, del manglar, del tambor... siempre va a llevar al Chocó en el alma.

Al son de hoy Walter sigue apostando por el fútbol como un acto de identidad, un espacio para alzar la voz y un terreno fértil donde sembrar futuro. Porque, como él mismo dice, “aunque estés lejos del río, del manglar, del tambor… el Chocó siempre va contigo”. Y en cada paso, cada gol, cada enseñanza, él sigue demostrando que los sueños —con coraje, alegría y memoria— sí se cumplen.

Las opiniones aquí expresadas por los autores no representan la visión o ideología de la Universidad Externado de Colombia. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.

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